¿Puede realmente fabricarse vida en el laboratorio?

 

·         Dos investigadores de la Universitat de València abordan hasta dónde alcanza una disciplina controvertida

·         'No hay ninguna razón para negar la posibilidad de fabricar vida'


 

Noa de la Torre. Valencia

El deseo del ser humano de fabricar vida artificial no es, ni mucho menos, nuevo. Antes de que naciese Frankenstein, la mitología clásica ya jugaba a dar forma al hombre de la mano de Prometeo. El científico estadounidense Craig Venter marcó un hito con el primer genoma artificial de la historia pero, más allá de copiar a la naturaleza, ¿hasta qué punto se puede inventar la vida, inventar un nuevo ser vivo?

El profesor de Bioquímica y Biología Molecular Juli Peretó y el responsable del Grupo de Biotecnología y Biología Sintética, Manuel Porcar, acaban de publicar Synthetic Biology. From iGEM to the Artificial Cell (Springer). Se trata de una revisión crítica sobre el estado actual de la biología sintética porque, «como suele pasar en muchos campos emergentes de la ciencia, el entusiasmo por las posibilidades que abre una nueva disciplina se puede desbordar y contaminar de exageraciones y promesas falsas», explican ambos investigadores de la Universitat de València.

Como señalan los científicos, ha sido en la última década cuando se ha disparado el interés por la biología sintética, es decir, por «la posible intervención y modificación de los seres vivos siguiendo las pautas y cánones de la ingeniería». Pero si la pregunta es cuáles son realmente las posibilidades de fabricar vida en el laboratorio, la respuesta es simple:«No hay ninguna razón fundamental para negar esa posibilidad». Otra cosa es ya la complejidad de este proceso.

«Aún falta mucho conocimiento y comprensión hasta de las formas más simples de vida, las bacterias más sencillas, que suponen un reto científico extraordinario», según los investigadores. Es decir, la cuestión que se plantea no es hacer un simple cromosoma artificial copiándolo de otro que ya exista en la naturaleza para transplantarlo a una célula. «Esto técnicamente es posible» y ya se ha hecho por parte del grupo de investigación que dirige Craig Venter, según recuerdan. «Cuando decimos fabricar vida, nosotros nos referimos a un experimento más profundo, de diseño de nuevas formas de vida que no sean simplemente fotocopias con ligeras modificaciones de una célula natural», apuntan Porcar y Peretó.

¿Qué se ha conseguido entonces a día de hoy? La obtención de células artificiales «introduciendo genomas artificiales», algo así como una vertiente «naif» de la biología sintética, en opinión de los investigadores. Pero, de nuevo, «aquí estamos plagiando la naturaleza».

¿Qué sería ir más allá? «En algunos laboratorios se están introduciendo modificaciones profundas en el comportamiento celular, como procesos químicos completamente artificiales o cambios en el alfabeto genético natural, que están dando resultados muy prometedores», según explican los profesores a este diario. Tampoco hay que perder de vista investigaciones sobre el origen de la vida, con estudios experimentales muy avanzados «en la construcción de sistemas químicos que tratan de imitar lo que habrían podido ser los primeros pasos de la vida en el planeta».

Por vida artificial, obviamente, hay que entender vida bacteriana, «o incluso de formas más simples si nos referimos a los experimentos sobre origen de la vida». Lo que según los científicos valencianos no deja de ser una exageración es «pensar que estamos a punto de ir más allá». «Por no saber no sabemos ni cómo escribir un genoma completo artificial o inventarnos una cosa aparentemente tan sencilla como un virus», insisten.

Y como toda novedad, la biología sintética no ha escapado a la controversia. «Desde el punto de vista de la ciencia, llegar a comprender el funcionamiento de las células hasta el extremo de poder rediseñarlas o fabricarlas enteramente es un gran reto», afirman Peretó y Porcar. Ahora bien, «el solo hecho de decir que vamos a ser capaces de fabricar células puede despertar muchas inquietudes y temores», admiten. En este caso, son partidarios de acometer las investigaciones «con responsabilidad social y bajo los controles adecuados».

¿Jugar a ser Dios? Aunque han pasado 100 años del primer intento de sintetizar vida en el laboratorio -«cuando el francés Stéphane Leduc publicó en 1912 su libro La biología sintética»-, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX cuando los avances fueron notables.

Entonces, «cuando los científicos comenzaron a establecer paralelismos entre el funcionamiento de una célula y el de una computadora, es cuando podemos decir que se inician los intentos serios de diseñar y modificar racionalmente los componentes biológicos», según Peretó y Porcar.

La obtención de biocombustible, a corto plazo

¿Qué puede esperarse a corto plazo de la biología sintética? «Las aplicaciones pueden ser tantas como nuestra imaginación pueda abarcar», según Juli Peretó y Manuel Porcar, investigadores del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universitat de València, que han elaborado precisamente una revisión crítica sobre el estado actual de una de las disciplinas más recientes de la ciencia actual.

Más allá del debate sobre qué vida puede fabricarse en un laboratorio, lo que ya es una realidad, por ejemplo, es la insulina humana. «La que usan los diabéticos la fabrican unas bacterias modificadas genéticamente», según los científicos. Y ello porque «las células son auténticas fábricas químicas y se ha avanzado mucho en su domesticación».

«La idea es que podamos ir más allá, hacer verdadera ingeniería celular y cosas más complejas», relatan ambos. Y en este punto se refieren tanto a la síntesis de medicamentos como a compuestos químicos de interés industrial o agrícola. En pocos años, por ejemplo, se espera poder mejorar los procesos de obtención de biocombustibles, algo que permitiría romper la dependencia del petróleo. El grupo de investigación de Biotecnología y Biología Sintética de la Universitat de València trabaja también en la construcción de dispositivos biológicos diseñados para producir calor o electricidad.